lunes, 9 de diciembre de 2013


La Revolución Francesa

La Revolución Francesa, por una serie de razones se destaca de las demás revoluciones que acontecieron por ésta época.
Francia era el país más poblado de Europa Occidental, el más próspero del continente y también el que gozaba de mayor prestigio intelectual como centro de iniciativa de la revolución ideológica del S XVIII.
La revolución marca el fin del Antiguo Régimen y el surgimiento de una nueva organización socio-política, qué se fue afirmando paulatinamente.
Las causas que generaron la Revolución fueron diversas, éstas son algunas de las más influyentes: la incapacidad de las clases gobernantes —nobleza, clero y burguesía— para hacer frente a los problemas de Estado, la indecisión de la monarquía, los excesivos impuestos que recaían sobre el campesinado, el empobrecimiento de los trabajadores, la agitación intelectual alentada por el Siglo de las Luces y el ejemplo de la guerra de la Independencia estadounidense.
También afectaron las periódicas crisis económicas motivadas por las largas guerras emprendidas durante el reinado de Luis XIV, además del desmedido gasto que generaba la nobleza, la mala administración de los asuntos nacionales en el reinado de Luis XV, las cuantiosas pérdidas que acarreó la Guerra Francesa e India y el aumento de la deuda generado por los préstamos a las colonias británicas de Norteamérica durante la guerra de la Independencia estadounidense.
El pueblo exigía la convocatoria de los Estados Generales (una asamblea formada por representantes del clero, la nobleza y el Tercer estado, y el rey Luis XVI accedió finalmente a celebrar unas elecciones nacionales en 1788.
El inicio de la Revolución: El rey se vio obligado a ceder ante la continua oposición a los decretos reales y la predisposición al amotinamiento del propio Ejército real. El 27 de junio ordenó a la nobleza y al clero que se unieran a la autoproclamada Asamblea Nacional Constituyente.
El Rey dio instrucciones para que varios regimientos extranjeros leales se concentraran en París y Versalles. El pueblo de París respondió con la insurrección ante estos actos de provocación; los disturbios comenzaron el 12 de julio, y las multitudes asaltaron y tomaron La Bastilla —una prisión real que simbolizaba el despotismo de los Borbones— el 14 de julio.
La burguesía parisina, temerosa de que la muchedumbre de la ciudad aprovechara el derrumbamiento del antiguo sistema de gobierno y recurriera a la acción directa, se apresuró a establecer un gobierno provisional local y organizó una milicia popular, denominada oficialmente Guardia Nacional. El estandarte de los Borbones fue sustituido por la escarapela tricolor (azul, blanca y roja), símbolo de los revolucionarios que pasó a ser la bandera nacional. No tardaron en constituirse en toda Francia gobiernos provisionales locales y unidades de la milicia.
La redacción de una constitución: la Asamblea aprobó una legislación por la que quedaba abolido el régimen feudal y señorial y se suprimía el diezmo, aunque se otorgaban compensaciones en ciertos casos. En otras leyes se prohibía la venta de cargos públicos y la exención tributaria de los estamentos privilegiados.
A continuación, la Asamblea Nacional Constituyente se dispuso a comenzar su principal tarea, la redacción de una Constitución. En el preámbulo, denominado Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano, los delegados formularon los ideales de la Revolución, sintetizados más tarde en tres principios, "Liberté, Égalité, Fraternité" ("Libertad, Igualdad, Fraternidad"). Mientras la Asamblea deliberaba, la hambrienta población de París, irritada por los rumores de conspiraciones monárquicas, reclamaba alimentos y soluciones. El 5 y el 6 de octubre, la población parisina, especialmente sus mujeres, marchó hacia Versalles y sitió el palacio real. Luis XVI y su familia fueron rescatados por La Fayette, quien les escoltó hasta París a petición del pueblo. Tras este suceso, algunos miembros conservadores de la Asamblea Constituyente, que acompañaron al rey a París, presentaron su dimisión. En la capital, la presión de los ciudadanos ejercía una influencia cada vez mayor en la corte y la Asamblea. El radicalismo se apoderó de la cámara, pero el objetivo original, la implantación de una monarquía constitucional como régimen político, aún se mantenía.
El primer borrador de la Constitución suprimía la división provincial de Francia y establecía un sistema administrativo cuyas unidades eran los departamentos, que dispondrían de organismos locales elegibles. Se ilegalizaron los títulos hereditarios, se crearon los juicios con jurado en las causas penales y se propuso una modificación fundamental de la legislación francesa. Con respecto a la institución que establecía requisitos de propiedad para acceder al voto, la Constitución disponía que el electorado quedara limitado a la clases alta y media.
El nuevo estatuto confería el poder legislativo a la Asamblea Nacional, compuesta por 745 miembros elegidos por un sistema de votación indirecto. Aunque el rey seguía ejerciendo el poder ejecutivo, se le impusieron estrictas limitaciones.
Era la Asamblea quien tenía el control efectivo de la dirección de la política exterior. Se impusieron importantes restricciones al poder de la Iglesia católica mediante una serie de artículos denominados Constitución civil del Clero, el más importante de los cuales suponía la confiscación de los bienes eclesiásticos. A fin de aliviar la crisis financiera, se permitió al Estado emitir un nuevo tipo de papel moneda, los asignados, garantizado por las tierras confiscadas. Asimismo, la Constitución estipulaba que los sacerdotes y obispos fueran elegidos por los votantes, recibieran una remuneración del Estado, prestaran un juramento de lealtad al Estado y las órdenes monásticas fueran disueltas.
El resentimiento y el descontento del grupo de ciudadanos que había quedado excluido del electorado. Las clases sociales que carecían de propiedades deseaban acceder al voto y liberarse de la miseria económica y social, y no tardaron en adoptar posiciones radicales. Este proceso, que se extendió rápidamente por toda Francia gracias a los clubes de los jacobinos adquirió gran impulso cuando se supo que María Antonieta estaba en constante comunicación con su hermano Leopoldo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. El recelo popular con respecto a las actividades de la reina y la complicidad de Luis XVI quedó confirmado cuando la familia real fue detenida mientras intentaba huir de Francia en un carruaje con destino a Varennes el 21 de junio.
Radicalización del gobierno: El rey fue privado de sus poderes durante un breve periodo, pero la mayoría moderada de la Asamblea Constituyente, que temía que se incrementaran los disturbios, restituyó a Luis XVI con la esperanza de frenar el ascenso del radicalismo y evitar una intervención de las potencias extranjeras. El 14 de septiembre, el rey juró respetar la Constitución modificada.
La Asamblea Nacional Constituyente estaba formada por distintos grupos. Algunos eran más radicales que otros. Por un lado estaban los Girondinos, que defendían la transformación de la monarquía constitucional en una república federal, un proyecto similar al de los Montañeses, integrados por los jacobinos, el centro de la cámara acogía al grupo mayoritario, conocido como el Llano, que carecía de opiniones políticas definidas.
Un día después de la victoria de Valmy se reunió en París la Convención Nacional recién elegida. La primera decisión oficial adoptada por esta cámara fue la abolición de la monarquía y la proclamación de la I República.
Sin embargo, ninguna facción se opuso al decreto presentado por los girondinos y promulgado el 19 de noviembre, por el cual Francia se comprometía a apoyar a todos los pueblos oprimidos de Europa.
El Reinado del Terror: El 6 de abril, la Convención creó el Comité de Salvación Pública, que habría de ser el órgano ejecutivo de la República, y reestructuró el Comité de Seguridad General y el Tribunal Revolucionario.
La Convención promulgó una nueva Constitución el 24 de junio en la que se ampliaba el carácter democrático de la República.
Los poderes del Comité fueron renovados mensualmente por la Convención Nacional desde abril de 1793 hasta julio de 1794, un periodo que pasó a denominarse Reinado del Terror.
María Antonieta fue ejecutada el 16 de octubre, y 21 destacados girondinos murieron guillotinados el 31 del mismo mes.
El número total de víctimas durante el Reinado del Terror llegó a 40.000. Entre los condenados por los tribunales revolucionarios, aproximadamente el 8% eran nobles, el 6% eran miembros del clero, el 14% pertenecía a la clase media y el 70% eran trabajadores o campesinos acusados de eludir el reclutamiento, de deserción, acaparamiento, rebelión u otros delitos. Fue el clero católico el que sufrió proporcionalmente las mayores pérdidas entre todos estos grupos sociales. El odio anticlerical se puso de manifiesto también en la abolición del calendario juliano en octubre de 1793, que fue reemplazado por el calendario republicano.
El ascenso de Napoleón al poder: No habían pasado aún cinco meses desde que el Directorio asumiera el poder, cuando comenzó la primera fase de las Guerras Napoleónicas. Los tres golpes de Estado que se produjeron durante este periodo, reflejaban simplemente el reagrupamiento de las facciones políticas burguesas.
El golpe de Estado que tuvo lugar el 9 y 10 de noviembre (18 y 19 de brumario) derrocó al Directorio. El general Napoleón Bonaparte, en aquellos momentos héroe de las últimas campañas, fue la figura central del golpe y de los acontecimientos que se produjeron posteriormente y que desembocaron en la Constitución del 24 de diciembre de 1799 que estableció el Consulado. Bonaparte, investido con poderes dictatoriales, utilizó el entusiasmo y el idealismo revolucionario de Francia para satisfacer sus propios intereses. Sin embargo, la involución parcial de la transformación del país se vio compensada por el hecho de que la Revolución se extendió a casi todos los rincones de Europa durante el periodo de las conquistas napoleónicas.
Las transformaciones producidas por la Revolución: Una consecuencia directa de la Revolución fue la abolición de la monarquía absoluta en Francia. Asimismo, este proceso puso fin a los privilegios de la aristocracia y el clero. La servidumbre, los derechos feudales y los diezmos fueron eliminados; las propiedades se disgregaron y se introdujo el principio de distribución equitativa en el pago de impuestos.
Napoleón instituyó durante el Consulado una serie de reformas que ya habían comenzado a aplicarse en el periodo revolucionario.
Todos los ciudadanos, independientemente de su origen o fortuna, podían acceder a un puesto en la enseñanza, cuya consecución dependía de exámenes de concurso. La reforma y codificación de las diversas legislaciones provinciales y locales, que quedó plasmada en el Código Napoleónico, ponía de manifiesto muchos de los principios y cambios propugnados por la Revolución: la igualdad ante la ley, el derecho de habeas corpus y disposiciones para la celebración de juicios justos. El procedimiento judicial establecía la existencia de un tribunal de jueces y un jurado en las causas penales, se respetaba la presunción de inocencia del acusado y éste recibía asistencia letrada.
La Revolución también desempeñó un importante papel en el campo de la religión. Los principios de la libertad de culto y la libertad de expresión tal y como fueron enunciados en la Declaración de Derechos del hombre y del ciudadano, pese a no aplicarse en todo momento en el periodo revolucionario, condujeron a la concesión de la libertad de conciencia y de derechos civiles para los protestantes y los judíos. La Revolución inició el camino hacia la separación de la Iglesia y el Estado.
Los ideales revolucionarios pasaron a integrar la plataforma de las reformas liberales de Francia y Europa en el siglo XIX, así como sirvieron de motor ideológico a las naciones latinoamericanas independizadas en ese mismo siglo, y continúan siendo hoy las claves de la democracia. No obstante, los historiadores revisionistas atribuyen a la Revolución unos resultados menos encomiables, tales como la aparición del Estado centralizado (en ocasiones totalitario) y los conflictos violentos que desencadenó.
Independencia de USA
En 1607 se estableció la primera colonia inglesa en la costa de Virginia.
Luego de la colonización se habían formado 13 colonias, las cuales por los impuestos elevados y el monopolio del comercio estaban disconformes. Se cero un Congreso Continental que se reunió por primera vez en Filadelfia en 1774.. Elaboraron un Memorial de agravios que fue rechazado por el Parlamento Británico.
Ante la gravedad de la situación, el congreso de las 13 colonias se reunió de nuevo en 1775 y decidió declarar la guerra a Inglaterra; Francia apoyó a los rebeldes.
Por un tratado firmado en París Inglaterra reconoció la Independencia de Estados Unidos.
En 1788 fue redactada la constitución.


Leer más: http://www.monografias.com/trabajos/revfrannapol/revfrannapol.shtml#2599#ixzz2mzLegfWP


revolución francesa

Se ha convertido ya en lugar común la afirmación de que el cristianismo actual nada tiene que ver con el auténtico que en su día, tal vez, predicó Jesús de Nazaret.
Nuestra sociedad, consciente del fracaso de la implantación del experimento cristiano por la Iglesia, busca incesantemente salidas de la doctrina oficial que tengan algún significado. Lamentablemente, estas salidas no suelen significar gran cosa, centrándose en minucias como el oculta miento por la Iglesia de textos como el evangelio de Judas, en el romance de Jesús y María Magdalena, en la superveniencia de la sangre de cristo en la dinastía Merovingia o en la supuesta supervivencia de Cristo y su estancia en la India.
El interés en todos estos casos es más el de un entretenimiento literario sorprendente que nos distraiga un poco de la bárbara hecatombe moral de nuestra actual civilización, como diría Terence McKenna, algo para pasar un rato sentados en un sillón mientras esperamos la muerte.
Tómense lo que sigue como lo que quieran, entretenimiento o exploración transformativa.

Es un hecho que alguien como Jesús no habría tenido nada que hacer en una época como la nuestra. De haber aparecido en el mundo más tarde, no sólo no podría haber sido el jefe de la Iglesia Cristiana, sino que ni se le hubiera permitido pertenecer a ella y, en ciertos periodos, habría sido declarado posiblemente un hereje y quemado en la hoguera. Para comprender esto, aun en un sentido estético, basta observar la actitud civilizada hacia los pelos y barbas largos y la estética desaliñada. Jesús sería hoy a ojos bienpensantes un punki, un drogata, un deshecho social, no le darían trabajo ni en McDonalds y los cristianos le apartarían la mirada al pasar o, como mucho, se compadecerían de él.

El nuevo novio de tu hija.

En primer lugar, conviene entender que las enseñanzas de Cristo no fueron nunca destinadas a las masas, tampoco a formar un culto ni mucho menos una Iglesia. Conforme a P.D. Ouspensky, las enseñanzas de Cristo son las enseñanzas de una escuela esotérica y van dirigidas a exclusivamente a los iniciados.

Fueron las enseñanzas del apóstol Pablo las que tuvieron un papel histórico mediante la formación de la Iglesia Cristiana, y más adelante, en numerosas ocasiones, esta Iglesia ha ido reformulando en numerosos Concilios los preceptos del cristianismo hasta hacer a éste irreconocible. La base de la existencia de la Iglesia (y de su poder) es la imposición de un intermediario entre el hombre corriente y lo divino. Tal intermediario, el sacerdote, se arroga la potestad de interpretar la voluntad de Dios y de salvar almas. Nada de esto hay en la enseñanza cristiana, desprovista de una institucionalización tan absurda como aquella en la que alguien que no puede mantener relaciones sexuales pueda dar consejos sobre la materia.

Para hacer el cristianismo eclesiástico apetecible a las masas (la Iglesia, el “poder”, vende una ideología y tiene que venderla bien), había que darle una publicidad positiva. Entre otras cosas, esto se logró afianzando la idea de la “salvación general”, cosa que el sacerdote podía dispensar fácilmente mediante el consabido “ego te absolvo”, también conocido por algunos como “ego te absorvo”.
Y bien, no hay nada más alejado del Cristianismo que la idea de una salvación general. En ellos se repite una vez detrás de otra la idea de que el Reino de los Cielos pertenece a los pocos, de que angosta es la puerta y estrecho el camino, y de que sólo unos cuantos pueden pasar, y que aquellos que no pasan no son sino residuos que habrán de ser quemados (“todo árbol que no hace buen fruto, es cortado y echado al fuego” (Mateo, 3.10,12). Las masas no pueden salvarse. Solo muy pocos individuos con una instrucción especial y un desmedido esfuerzo consciente pueden optar por el reino de los cielos. Cristo enseña a los apóstoles, los iniciados; para Cristo, las masas son residuos.

Todavía más lejos del Cristianismo se halla la figura del Diablo. Nada se dice en los Evangelios originales al respecto: fueron las posteriores traducciones del griego las que introducen esta idea. En los Evangelios originales se habla del impostor o tentador, “diablo” es un nombre que puede aplicarse a cualquier impostor o tentador, y posiblemente al mundo visible, ilusorio: el “Maya” védico.
En el Evangelio de San Mateo, en la tentación en el desierto, Cristo dice al diablo según el texto griego: “ven tras de mí”, y según el texto eslavo “sígueme”. Pero en las traducciones inglesa, francesa, italiana y española se traduce: “Vete de aquí, Satanás”. El traductor no debió entender que Cristo le dijera al Diablo que lo siguiera, así que escribió lo que juzgó más conveniente. Así que la consabida “vade retro, satanás”, no tiene nada que ver con el Cristianismo, es más bien la paranoia de algún monje que vivía en un oscuro monasterio. Cristo le dice al diablo que le siga. ¿Por qué?
El Diablo es “Maya”, la ilusión, el velo artificial que cubre la realidad subyacente. En un sentido esotérico, “Maya” no debe irse de aquí de ninguna manera, sino que sólo debe servir al mundo interno, seguirlo, ir detrás de él. Lo falso debe servir a lo verdadero, el ego no debe eliminarse, sino ponerse al servicio de la esencia. Cuando la Iglesia lo transforma en un “vete de aquí”, da paso a la autorepresión, flagelación, etc. que nada tienen que ver con un camino espiritual, basado en la transformación, no en la destrucción, en la conversión alquímica de la piedra en oro.
Símbolo alquímico

Por otro lado, los Evangelios no son un texto original, sino que continuamente remiten a leyendas mucho más antiguas. La matanza de los inocentes y la huida a Egipto están tomados de la vida de Moisés. La Anunciación es un elemento de la vida de Buda (en este caso fue un elefante blanco el que descendió de los cielos anunciando el nacimiento del Príncipe Gautama). El sacrificio de Cristo para la salvación de los hombres está tomado de la mitología hindú: es Shiva quien beve el veneno destinado a la humanidad entera (y por eso se le representa azul usualmente).
El nacimiento de Jesús de la Virgen María directamente de Dios Mismo no aparece en los Evangelios, sino que fue adoptada más tarde. El mito de Cristo como hijo de Dios en sentido literal está tomado de la mitología griega, ya que es la única religión donde los dioses tienen hijos humanos o semidioses. De manera que el dogma principal del Cristianismo está tomado del paganismo. Conforme a esta idea, Cristo es hijo de Dios en el mismo sentido en que Hércules fue el hijo de Zeus. Nada tiene que ver, por tanto, con las verdaderas enseñanzas de Cristo.
Cristo se llamó a sí mismo el hijo de Dios, pero de ello no se deriva que lo fuera físicamente, o que solo lo fuera él. Se trata, más bien, de un sentimiento de unión con el absoluto: todo hombre puede ser el hijo de Dios si obedece su voluntad y sus leyes, y así se dice en los Evangelios: (“Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo. 5.9), o también: (“Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; que hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueva sobre justos e injustos” (Mateo. 5.43-45). Cristo no es “el elegido”, es solo uno que “se da cuenta”.

Pero lo más interesante es el significado de “El Reino de los Cielos”, al que se hace alusión continuamente en los Evangelios. La interpretación eclesiástica común es que el Reino de los Cielos es el lugar o estado en el que las almas de los justos se encuentran tras la muerte.
Muy al contrario, la idea de “El Reino de los Cielos”, que “está en vosotros”, es plenamente esotérica: se trata del círculo interno de la humanidad, del que ya hablamos en un anterior post. Cristo habla muy claramente del “Reino de Dios en la Tierra”. La creación artificial del “Cielo” no tiene que ver con el Cristianismo.
Conforme a Eliphas Lévi (Magia Trascendental, 1933), el Reino de los Cielos es el reino del sacerdocio y realeza de la Magia: “los monarcas de la ciencia son los príncipes de la verdad y su soberanía está oculta para la multitud, como también lo están sus oraciones y sacrificios. Los reyes de la ciencia son los hombres que conocen la verdad y a quienes la verdad ha hecho libres”.
Para alcanzar el “Reino de los Cielos”, es decir, el conocimiento y el poder de los Magos, son indispensables cuatro condiciones: Saber, atreverse, querer y guardar silencio: es decir, una inteligencia iluminada por el estudio, una intrepidez a la que nada pueda detener, una voluntad inquebrantable y una prudencia a la que nada pueda corromper y nada embriagar.

Y es este un difícil camino, que exige esfuerzos excepcionales que solo unos cuantos pueden asumir. La frase que más se repite en el Nuevo Testamento es “solo los que tienen oídos pueden oir”: se repite diecisiete veces en total. Es necesario saber oír y ver, y poder oír y ver, y no todos pueden oír y ver. Estas palabras no son para todos: son para los discípulos, los iniciados.

Así que el error de las interpretaciones eclesiásticas comunes consiste en que lo que se refiere al “esoterismo” se considera como refiriéndose a “la vida futura” y lo que se refiere a los “discípulos” se considera referido a “todos los hombres”.

Jesús establece las condiciones de esta búsqueda, algunas de las cuales son:
- “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Estas palabras encierran la idea budista del desapego de las cosas: no un desapego material (voto de pobreza, etc.), sino que las cosas tienen para él tan poco significado como si no las hubiera tenido: este es el “pobre en espíritu”.
- “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos”. Un verdadero discípulo de Cristo debe esperar ser perseguido por causa de la justicia. Los hombres del círculo exterior odian y persiguen a los del círculo interior, particularmente a aquéllos que intentan ayudarlos.

Desde el Reino de los Cielos, el Círculo Esotérico, continuamente se lanzan mensajes al externo, se difunde la verdad. Esto está contenido en la parábola de Cristo del sembrador, que contiene metafóricamente todos los posibles resultados de la predicación del esoterismo:

“He aquí el que sembraba salió a sembrar.
Y sembrando, parte de la simiente cayó junto al camino, y vinieron las aves y las comieron.
Y parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra, y nació luego, porque no tenía profundidad de tierra. Más saliendo el sol, se quemó, y secóse porque no tenía raíz.
Y parte cayó en espinas, y las espinas crecieron y la ahogaron.
Y parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta.
Quien tiene oídos para oír, oiga”.

La idea del hombre como un grano también aparece en los antiguos Misterios de Eleusis, de donde seguramente está tomada esta parábola. El secreto que se revelaba a un hombre en la iniciación, la cual incluía el consumo de un potente psicodélico, el Kykeon, posiblemente relacionado con el LSD, estaba contenido en la idea de que el hombre puede morir como un simple grano o puede surgir otra vez en alguna otra forma viviente.

Demeter y Persefone compartiendo unos hongos alucinógenos.


 La naturaleza es muy generosa en sus métodos: crea una enorme cantidad de semillas para que sólo unas cuantas germinen y puedan sobrevivir. Si se mira al hombre como un grano, podemos comprender mejor la aparentemente cruel ley evangélica de que la mayor parte de la humanidad no es sino paja que habrá de quemarse en el fuego eterno, donde vendrá el llanto y el rechinar de dientes. Solo unos pocos germinan, pero esto no es cruel: el hecho de germinar o no hacerlo no es arbitrario sino que depende de uno mismo, de su propia actitud hacia sí mismo y su entorno.
Y es que el hombre encuentra lo que busca. El que busca lo malo encuentra lo malo, el que busca lo bueno, encuentra lo bueno “el hombre bueno del buen tesoro del corazón saca buenas cosas, y el hombre malo del mal tesoro saca malas cosas” (Mateo 12:35).



martes, 3 de diciembre de 2013

Historia del capitalismo

Fernand Braudel sitúa los orígenes del capitalismo en la Edad Media, en algunas pequeñas ciudades comerciantes.
La historia del capitalismo ha sido objeto de grandes debates sociológicos, económicos e históricos desde el siglo XIX. El comercio existe desde que surgió la civilización, pero el capitalismo como sistema económico no apareció hasta el siglo XVI en Inglaterra, en sustitución del feudalismo. Según Adam Smith, los seres humanos siempre han tenido una fuerte tendencia a "realizar trueques, cambios e intercambios de unas cosas por otras". De esta forma al capitalismo, al igual que al sistema de precios y la economía de mercado, se le atribuye un origen espontáneo o natural dentro de la edad moderna.1
Este impulso natural hacia el comercio y el intercambio fue acentuado y fomentado por las Cruzadas que se organizaron en Europa occidental desde el siglo XI hasta el siglo XIII. Las grandes travesías y expediciones de los siglos XV y XVI reforzaron estas tendencias y fomentaron el comercio, sobre todo tras el descubrimiento del Nuevo Mundo y la entrada en Europa de ingentes cantidades de metales preciosos provenientes de aquellas tierras. El orden económico resultante de estos acontecimientos fue un sistema en el que predominaba lo comercial o mercantil, es decir, cuyo objetivo principal consistía en intercambiar bienes y no en producirlos. La importancia de la producción no se hizo patente hasta la Revolución industrial que tuvo lugar en el siglo XIX.
Sin embargo, ya antes del inicio de la industrialización había aparecido una de las figuras más características del capitalismo, el empresario, que es, según Schumpeter, el individuo que asume riesgos económicos no personales. Un elemento clave del capitalismo es la iniciación de una actividad con el fin de obtener beneficios en el futuro; puesto que éste es desconocido, tanto la posibilidad de obtener ganancias como el riesgo de incurrir en pérdidas son dos resultados posibles, por lo que el papel del empresario consiste en asumir el riesgo de tener pérdidas o ganancias.
El camino hacia el capitalismo a partir del siglo XIII fue allanado gracias a la filosofía del Renacimiento y de la Reforma Protestante. Estos movimientos cambiaron de forma drástica la sociedad, facilitando la aparición de los modernos Estados nacionales (y posteriormente el Estado de Derecho como sistema político y el liberalismo clásico como ideología) que proporcionaron las condiciones necesarias para el crecimiento y desarrollo del capitalismo en las naciones europeas. Este crecimiento fue posible gracias a la acumulación del excedente económico que generaba el empresario privado y a la reinversión de este excedente para generar mayor crecimiento económico, lo cual generó industrialización en las regiones del norte.

Orígenes de una civilización

El capitalismo medieval


Así como lo muestra Braudel, encontramos en la Edad media las primeras manifestaciones del capitalismo comercial en Italia y en losPaíses Bajos. El comercio marítimo con Oriente, en respuesta a las cruzadas, enriqueció a las ciudades italianas, mientras que en los Países Bajos, a la desembocadura del Rin, que hacía el lazo entre Italia y Europa del Norte, dominada por la Liga Hanseática. En las grandes ciudades, los vendedores de paños y de las sederías adoptan métodos capitalistas de gestión. Efectúan ventas al por mayor, establecen mostradores y venden sus productos en conjunto en las grandes ferias europeas. Se abastecen de materias primas tanto en Europa como en Levante. En esta época turbada de la Edad media, ajustan sus pagos por letras de cambio, menos peligrosas que el transporte de metales preciosos. De esta forma, lógicamente se desarrollan, en paralelo del capitalismo comercial, las primeras actividades bancarias del capitalismo financiero: depósitos, préstamos sobre prendas, letra de cambio, seguros para las embarcaciones.Para Fernand Braudel (la Dinámica del capitalismo, 1985), el capitalismo es una "civilización" con raíces antiguas, ya habiendo conocido horas prestigiosas, tales como las grandes ciudades-estados comerciantes: Venecia, Amberes, Génova, Ámsterdam, etc. pero las actividades son minoritarias hasta el siglo XVIII. Werner Sombart (El capitalismo moderno, 1902) fecha la emergencia de la civilización burguesa y del espíritu de empresa en el siglo XIV, en Florencia.Estos capitalistas se enriquecen extendiendo su influencia económica sobre el conjunto de Occidente cristiano, creando así lo que Braudel llama una "economía-mundo". En su análisis, Braudel distingue la "economía de mercado" del capitalismo, este último constituyendo un tipo de "contra mercado". Según él, la economía de mercado (es decir la economía local en aquella época) está dominada por las reglas y los cambios leales, porque sometida a la competencia y a la transparencia relativa, el capitalismo intenta evitarlo en el comercio lejano con el fin de librarse de reglas y de desarrollar cambios desiguales como nuevas fuentes de enriquecimiento.Podemos observar que desde la Antigüedad, sistemas idénticos habían sido puestos en práctica por los fenicios, griegos, los Cartagineses y los romanos. Estos sistemas fueron marcados no obstante más por el imperialismo y el esclavismo que por el capitalismo. A través del mundo, otras formas de capitalismo comercial se desarrollaron de manera precoz en la época feudal (bajo ladinastía Ming en China por ejemplo).Vida urbanaEn las grandes ciudades especializadas de Europa, el artesanado, volcado esencialmente hacia la exportación, está dominado por los grandes comerciantes y pañeros, aunque las relaciones económicas entre artesanos y vendedores se emparientan en el salariado. Los comerciantes controlan a la vez la adquisición de materias primas río arriba y la venta de los productos terminados río abajo.La población urbana ya se diferencia en varias clases económicas distintas y ricas para algunos, pobres para otros. La ciudad de Florencia es el ejemplo perfecto: encontramos allí muy temprano a banqueros que desarrollan sucursales a través de Europa y esclavizan la industria en búsqueda de su provecho. Entre ellos grandes familias, tal es el caso de los Médicis, quienes crean las primeras relaciones "privilegiadas" entre el mundo de los negocios y el mundo político.También en este periodo el matemático Luca Pacioli fija las bases del comercio al crear los Estados Financieros en los que se fija la terminologia y la manera de calcular las relaciones comerciales básicas, por lo cual Florencia brillara durante mucho tiempo como el principal centro bancario de Europa.Aparición de las bolsas a finales de la Edad MediaSegún Fernand Braudel, la aparición de las primeras Bolsas ocurre en el siglo XIV en estas ciudades italianas donde el comercio es permanente (contrariamente a las ferias medievales que se celebran sobre períodos limitados) y donde se concentran lo esencial de las actividades financieras.Es no obstante la creación en 1409 de la Bolsa de Brujas, un hotel dedicado al intercambio de mercancías, letras de cambio y efectos de comercio, que marca un punto de inflexión en el desarrollo de las actividades financieras. El plaza se impone rápidamente gracias a la abertura de su puerto, gracias a la fama de sus ferias comerciales y gracias al clima de tolerancia y de libertad que aprovechan vendedores e inversionistas de todo origen. Son los mismos triunfos que permitirán luego a la plaza de Amberes (creada en 1460) desarrollarse al principio del Renacimiento. Se podía leer en su frontis: Ad usum mercatorum cujusque gentis ac linguae ("Para uso de los vendedores de todos los países y de todas lenguas").